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El teatro refousiano: catarsis y creatividad

El teatro refousiano: catarsis y creatividad

Detrás de personajes de distintas épocas, de historias reales o inventadas, están unos estudiantes que dejan atrás sus diferencias y miedos para dar un espectáculo a amigos, padres y profesores. Cada puesta en escena actúa como escape a las obligaciones diarias para soñar por unas horas con otros mundos; es un espacio de catarsis. Eso es la vocacional de Teatro y a lo largo de sus años siempre se ha mantenido una especie de "pilares" en los que destacan la creatividad y la diferencia entre obras. 
El proceso de cada una, visto por alguien externo, podría decirse que siempre es el mismo: casting, montaje y producción. Y la verdad es que no. Algo que nos comentaron los profesores, Ricardo y Marcela, es que el grupo, tanto anual e incluso semestral, es distinto por múltiples factores (vivencias, vínculos, notas escolares, etc.), y eso motiva la gran variedad de posibilidades para interpretar. 

En el 2025, durante el periodo de laboratorio (así se les dice a las clases donde se ve teoría para aplicarla en futuras presentaciones), todas las circunstancias nombradas fueron analizadas para realizar una buena elección. Se suele escoger entre obras pequeñas (donde cada uno tiene su participación y resalta de manera individual) o grandes (dando énfasis a la unión del grupo). Aunque las obras aptas para el entorno escolar son escasas, los profesores han llegado a crear sus propias obras basándose en un tema del que producen diálogos, escenas, personajes, etc. 
A lo largo de esas clases, nosotros, los estudiantes de teatro, teorizamos y nos mantenemos expectantes al gran anuncio. Veníamos de obras que tocaban temas fuertes para algunos, aun así, los Jeangros nunca han puesto problema para la realización. “Todo tema se puede hablar, lo importante es con la madurez que se trata”, le comentó Daniel Jeangros a los profesores al respecto de sus propuestas. Durante todas las obras presentadas, el grupo de teatro ha demostrado un alto nivel de responsabilidad, dejando claro que esa libertad otorgada para la selección de obras no se desperdiciaba. 

Adaptada de una obra de Arthur Miller (dramaturgo y guionista estadounidense controversial en el teatro del siglo XX), se nos entregó el libreto. En medio de sorpresas y murmullos se leyó el gran título: "Las brujas de Salem". 
La historia transcurre en 1642 en Salem (aldea puritana de Massachusetts), cuando un grupo de niñas acusadas de brujería generó una histeria colectiva y fue responsable de la condena a muerte de 19 personas y unos 150 encarcelados. Para evitar cualquier problema religioso, el libreto fue leído por una madre muy creyente. Ella no mostró ningún reparo con lo que estaba escrito. Su hija, que pertenece al grupo de teatro, nos comentó que 

‒ve la vocacional como una puerta de escape, un lugar de calma entre todo el caos o estrés que puede presentar el colegio. A lo largo de sus años en esta actividad, ha dado todo de sí al personaje que se le indica y en cada obra busca mejorar‒. Según ella, el estrés generado por las notas es mayor al que se presenta el día de la función o ensayos, por eso al actuar es mucho más relajada. 
Durante todo el proceso de montaje y producción se les dio a los actores varios medios para tomar inspiración (un ejemplo es la película “El crisol” de Nicholas Hytner). Cada persona en la vocacional tenía un rol. Los actores proponían como podía ser su personaje con base en lo que se indicara. Ricardo se encargaba de cuadrar la estructura de cada escena y Marcela de la parte visual: los vestuarios, que fueran acordes con la época, qué utilería usar, maquillaje, etc. 
Tras varios días de pasar una y otra vez la obra llegó la noche de teatro. Con cada escena llegaban los aplausos, pero en la del juicio fue donde surgió el escándalo. Proctor (uno de los protagonistas) al mostrarse inconforme por las propuestas de los jueces, poseídos por la paranoia, se dirigió al frente para gritar: “digo que Dios ha abandonado este pueblo” dando fin a la obra para pasar a la honra de las víctimas. Así debía quedar sí el actor que lo interpretó no hubiera dicho: “yo digo que Dios ha muerto”. Los aplausos llegaron, pero las miradas contrariadas y sustos por parte de algunas personas se hicieron notar.  

Este año al grupo llegaron los estudiantes de noveno; con ellos, el colegio participó por primera vez en el festival de teatro organizado por la ASOCOLDEP. 
Hasta esa fecha el colegio no había estado en algo parecido. Toda obra era realizada solo para la comunidad refousiana. Fue gracias al padre de un exalumno y actor de la vocacional que el colegio logró entrar a esta actividad, ya que él trabaja en el colegio que da cobijo al festival. 
A inicios de este año llegó una gran noticia: El colegio volvería a participar en aquel certamen interpretando un pequeño fragmento de “Las brujas de Salem”. 
Un conjuro, un resumen y el juicio fueron las escenas escogidas.  Esta vez se hizo un gran énfasis en evitar esos diálogos que daban pie a la controversia. Practicaron 24 clases, pero para el ensayo general la mitad del grupo no había llegado. Varias cosas quedaron para ser pulidas el día siguiente antes de la presentación, pues se optó por sacar a uno de los estudiantes por falta de compromiso.  El 24 de abril se realizaría en el colegio un último ensayo; el grupo partiría al Gimnasio colombo británico y se presentarían de segundas. Sin embargo, las rutas provenientes de la Conejera se atrasaron a causa de un accidente. Eran 15 los estudiantes que estaban presentes; se notaba cierta incertidumbre por los nuevos cambios pues los que los aplicarían no habían llegado. A las 9 logramos salir, no éramos los únicos colegios atrasados entonces eso calmó al grupo. Durante el viaje, los actores hicieron “un pase a la italiana” con los cambios; era el único espacio que tenían antes de la gran presentación.  

Una obra infantil, una sátira del gobierno colombiano, unas historias donde el color de las luces tenía una importancia clave y otras obras eran las representaciones del trabajo de los colegios participantes. Cuando llegó el momento de nuestro colegio me sorprendí al escuchar ‒ahora en el lado del público‒ como varios estaban asustados. La luz oscura de la primera escena con las interpretaciones de nuestros actores lograba dar ese ambiente de misterio para llegar al juicio, donde cada diálogo no hacía más que elevar la tensión en la sala.  

Al final del día, uno de los profesores se acercó a Ricardo mostrando gran admiración por el trabajo realizado; aquel hombre no era un profesor de teatro, sino de español, y se sorprendió al escuchar que nuestro colegio daba ese espacio para montar las obras. Frente a varios colegios privados que participaban, él venía de un colegio público y su emoción recaía más en haber podido participar con sus estudiantes en este festival.    

Si bien Teatro figura como una materia más en el horario, no todos los estudiantes cruzan su umbral con la misma intención. Algunos solo entran porque un amigo está ahí, otros porque la ven como una opción más "tranquila" comparada con las demás y unos cuantos llegan con un anhelo distinto: aprender algo que va más allá de actuar, improvisar o proyectar la voz; se trata de algo más íntimo y personal. Se han visto casos de quienes buscaban abandonar la timidez, pulir su expresividad frente al público o sencillamente volverse más tolerantes al trabajar con otros. Sin importar el motivo inicial, el teatro termina por revelarse como un espejo y un refugio. Y en ese instante en que el estudiante se descubre capaz de conmover, de transformar el miedo en voz, ocurre la verdadera catarsis. Esa satisfacción, la de ver que detrás del personaje uno también puede renacer, es la llama que sigue encendiendo, año tras año, la Vocacional de Teatro.  

 

Cronista: Tomás Matallana 11B

Apoyo en reportería:  Gabriela Dimaté 10C, Silvia Salamanca 10C y María José Trujillo 11C.

Corrección y edición: Oscar Ávila y María Victoria Acevedo

 

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